Un nuevo escenario global alimentario
Nunca antes tantos factores habían convergido para poner en riesgo la seguridad alimentaria en todo el planeta. El aumento de las temperaturas, las lluvias torrenciales y las sequías prolongadas están afectando regiones clave de producción agrícola, y el fenómeno más inquietante es que el propio sistema alimentario contribuye al problema. Así, el cambio climático amenaza la alimentación y golpea la base misma de lo que comemos.
Crisis de cultivos estratégicos
En países tan distintos como Japón, Brasil y México ya se empiezan a ver los efectos. En Japón, la producción de arroz se ha desplomado y el precio ha llegado a duplicarse en meses recientes. El gobierno liberó cerca de 500 000 toneladas de sus reservas para contener la subida. Mientras tanto, Brasil –principal exportador mundial de café arábica– registra fuertes descensos en su producción, y México ha visto caer su cosecha de maíz blanco, incrementando sus importaciones en más de un 160 % en el primer trimestre de 2025.
Estas variaciones no son eventos aislados: afectan productos fundamentales para millones de personas y reflejan un patrón creciente. Los sistemas tradicionales de cultivo no están preparados para estos nuevos retos climáticos.
El efecto bumerán del sistema agrícola
La agricultura genera aproximadamente el 35 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, de acuerdo con análisis citados recientemente. Al mismo tiempo, el cambio climático reduce la fertilidad del suelo, acelera la desertificación y multiplica plagas y enfermedades. Es decir: el sistema que nos alimenta contribuye al problema que amenaza su propia existencia.
Un aumento de solo 1 °C en la temperatura media global podría reducir la producción alimentaria en unas 120 kilocalorías diarias por persona. Las regiones más productivas del mundo, sobre todo en latitudes medias, sufrirán lo que los expertos llaman “impactos no uniformes”: países que dependen de cultivos estratégicos se encuentran en riesgo especialmente alto.
Región mediterránea: un laboratorio del cambio
La región mediterránea enfrenta un calentamiento de hasta un 20 % más rápido que el promedio global. En España –mayor productor mundial de aceite de oliva–, cosechas arruinadas por sequías y olas de calor prolongadas han encarecido el producto hasta extremos impensados. Entre 2021 y 2023 se registró una caída de consumo doméstico del aceite de oliva virgen extra de cerca de un 24 %. Al otro lado del Mediterráneo, en Marruecos, la crisis hídrica obligó a cancelar la celebración ritual del sacrificio del cordero. Esto evidencia cómo lo que sucede en un entorno agrícola puede extenderse al ámbito cultural o social.
Innovar para asegurar el futuro
Frente a este panorama, la investigación, la biotecnología y la agricultura regenerativa emergen como claves. Organizaciones como EIT Food ya invierten decenas de millones de euros en la zona sur de Europa para desarrollar suelo sano y variedades vegetales resistentes al clima. El proyecto LILAS4SOILS agrupa a agricultores en experimentos para restaurar suelos degradados y regenerar capturas de carbono en el campo.
Sin embargo, la ciencia sola no basta. Tal como señala el investigador José Miguel Mulet: “si tienes mucha producción, pero está mal hecho el reparto y la gente sigue pasando hambre, el problema no es la tecnología, es un problema social y político”.
Investigaciones recientes analizan especies vegetales capaces de resistir temperaturas extremas.
Hacia un sistema alimentario resiliente
El día del año en que la demanda de recursos supera la capacidad del planeta para regenerarlos —conocido como Earth Overshoot Day— llegó en 2025 el 24 de julio. No todos los países contribuyen igual a ese día de “déficit ecológico” y tampoco sufren sus consecuencias por igual: las poblaciones más vulnerables, especialmente en el Sur global, soportan la mayor parte del golpe. Allí solo un tercio de la población puede acceder a una alimentación saludable.
Para transitar hacia un sistema alimentario verdaderamente sostenible, debemos actuar colectivamente: gobiernos, sector privado, ciencia y ciudadanos tienen roles que cumplir. Debemos proteger la salud del suelo y del agua, impulsar cultivos adaptados al clima, reducir desigualdades en el acceso a alimentos y transformar tanto lo que producimos como lo que consumimos.
En resumen, el cambio climático amenaza la alimentación con una mezcla de menor producción, suelos fatigados, sistemas sensibles y desigualdad en el acceso. Debemos considerar la crisis alimentaria no como un problema futuro, sino como una realidad que ya está comenzando a manifestarse. El tiempo para responder es ahora.
